Cuando cooperar ya no es suficiente

Claudia Sheinbaum enfrenta el reto de cooperar con Washington sin perder autonomía, mientras Estados Unidos utiliza recompensas y sanciones para presionar resultados concretos.

Cuando cooperar ya no es suficiente

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Guillermo Ortega

Hay frases diplomáticas que importan menos por lo que dicen que por lo que revelan. Esta semana, una de ellas llegó desde Washington.

El Departamento de Estado reconoció la cooperación del gobierno de Claudia Sheinbaum en el combate al narcotráfico. Reconoció capturas, admitió una colaboración cercana con las autoridades mexicanas y valoró los esfuerzos realizados. Pero inmediatamente agregó una frase que cambia el sentido de todo lo anterior: "No es suficiente".

Y anunció que Estados Unidos continuará utilizando recompensas millonarias, restricciones migratorias y "todas las herramientas disponibles" para desmantelar al Cártel Jalisco Nueva Generación.

La noticia, por tanto, no está en que Washington quiera combatir al narcotráfico. Tampoco en que pretenda hacerlo en colaboración con México.

Está en algo bastante más importante: Estados Unidos comienza a establecer públicamente qué considera suficiente y qué no en las acciones que realiza el gobierno mexicano dentro de su propio territorio.

Y cuando una potencia puede calificar los resultados de otro Estado y, además, dispone de instrumentos para imponerle costos si esos resultados no la satisfacen, ya no estamos hablando solamente de cooperación. Estamos hablando de poder.

¿Quién fija los términos?

Durante décadas, la relación bilateral en materia de seguridad se ha construido alrededor de una fórmula políticamente cómoda: responsabilidad compartida.

México combate la producción y el tráfico de drogas; Estados Unidos enfrenta el consumo, el flujo de armas, el lavado de dinero y las estructuras financieras que permiten operar a las organizaciones criminales. Ambos intercambian inteligencia y coordinan acciones.

En teoría, dos Estados soberanos enfrentando un problema común, pero en la práctica, nunca han tenido el mismo peso.

Estados Unidos posee una capacidad económica, financiera, diplomática, judicial y de inteligencia incomparablemente mayor. Puede cancelar visas, congelar activos, ofrecer recompensas, abrir procesos judiciales, sancionar personas y empresas, restringir operaciones financieras y perseguir redes criminales mucho más allá de sus fronteras.

El poder no consiste únicamente en obligar a otro a hacer algo. Una forma más sofisticada de ejercerlo consiste en reducir progresivamente las opciones que el otro tiene disponibles.

Eso es lo que empieza a ocurrir.

La difícil posición de Sheinbaum

Claudia Sheinbaum ha encontrado una fórmula para administrar la relación con Washington: cooperación sí, subordinación no.

La frase es políticamente eficaz. El problema es convertirla en realidad cuando la relación entre ambos países es profundamente asimétrica.

Si el gobierno mexicano acelera capturas, extradiciones y operaciones contra los cárteles después de cada exigencia estadounidense, Washington puede concluir que la presión funciona.

Si México se resiste para demostrar independencia, Estados Unidos puede aumentar esa presión y argumentar precisamente que México no está haciendo lo suficiente.

Es una posición incómoda: cooperar tiene costos, pero resistir también. Ahí comienza el verdadero dilema del ejercicio del poder.

La soberanía no se declara

Sería demasiado sencillo convertir esta discusión en otra defensa retórica de la soberanía nacional. México lleva décadas invocándola.

Pero la soberanía tiene una dimensión jurídica y otra mucho más exigente: la capacidad efectiva del Estado para ejercer autoridad sobre su territorio.

Un país donde organizaciones criminales controlan regiones, extorsionan empresarios, cobran derecho de piso, dominan rutas, corrompen policías, penetran gobiernos municipales y desafían abiertamente al Estado puede ser jurídicamente soberano y, al mismo tiempo, tener enormes dificultades para ejercer plenamente esa soberanía.

La mejor manera de defender la soberanía mexicana no es invocarla, sino ejercerla.

Mientras México no consiga recuperar territorios, fortalecer policías y fiscalías, combatir la impunidad, perseguir el dinero de las organizaciones criminales y reconstruir instituciones locales, Washington encontrará argumentos cada vez más poderosos para justificar su presión.

La otra responsabilidad

Tampoco puede aceptarse la narrativa según la cual el narcotráfico es fundamentalmente un problema mexicano. Los cárteles existen porque existe un gigantesco mercado estadounidense.

Su poder económico depende de consumidores, redes financieras y mecanismos de lavado que también operan al norte de la frontera. Y buena parte de su capacidad de fuego depende de armas que llegan desde Estados Unidos.

Si Washington exige resultados medibles a México, México tiene derecho a exigir exactamente lo mismo.

¿Cuántas redes financieras han sido desmanteladas? ¿Cuántos traficantes de armas han sido encarcelados? ¿Cuánto dinero ha sido confiscado? ¿Qué resultados concretos ha producido la persecución de quienes, desde territorio estadounidense, hacen posible el negocio?

Cuando cooperar ya no es suficiente

El mensaje llegado esta semana desde Washington merece ser leído con cuidado porque posiblemente anticipa la siguiente etapa de la relación bilateral.

Estados Unidos no necesita anunciar una intervención para modificar el comportamiento del gobierno mexicano. Puede hacerlo acumulando instrumentos de presión.

El desafío de Claudia Sheinbaum no será entonces demostrar que puede enfrentarse a Washington. México difícilmente ganaría una confrontación abierta con su principal socio comercial y con la mayor potencia económica y militar del mundo.

Su desafío será mucho más complejo: cooperar sin entregar la capacidad de decidir los términos de esa cooperación. Existe una frontera que no aparece en ningún mapa: aquella que separa la cooperación de la subordinación.

Y un país comienza a cruzarla no necesariamente cuando otro gobierno entra en su territorio, sino cuando empieza a aceptar que desde fuera le indiquen qué debe hacer, cuándo debe hacerlo y cuándo lo realizado todavía "no es suficiente".

La soberanía, al final, no se pierde solamente cuando alguien la arrebata. También se pierde cuando ya no se tiene suficiente poder para ejercerla.

@GOrtegaRuiz

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